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Mario Romero – “Certidumbres desacertadas…”

… ¿Podrías decirme por favor que camino debo seguir para salir de aquí? Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato No me importa mucho el sitio… – dijo Alicia Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes- dijo el Gato …siempre que llegue a alguna parte – añadió Alicia como explicación. ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el Gato – sí caminas lo suficiente!

El futuro se construye día a día

Mario Romero, GCL 2007, Mexico

A lo largo de mi vida me he llegado a convencer que el futuro se construye día a día. Cada amanecer llega con un sinfín de futuros posibles, desenlaces cotidianos que marcan nuestros pasos sin darnos cuenta de su importancia. Nuestro futuro sería certero (y único) si fuera realmente nuestro, si nosotros tuviéramos todo el poder de decisión sobre él y como alcanzarlo…pero no es así.

Nuestro futuro es más bien definido por terceros: la llanta que se poncha cuando tienes una entrevista de trabajo, el camarón intoxicado que comiste justo un día antes de salir de viaje, la pareja que te deja cuando hablas de matrimonio, en fin, hay demasiadas variables que deciden por uno lo que será de nosotros. Es por esto que tratar de conocer el futuro con certeza es imposible. Sin embargo, aunque nuestro control sobre lo que va a pasar es casi nulo, sí podemos, al menos, imaginarnos un futuro particular, visualizar Ítaca como puerto final de nuestro viaje.

Es esta visualización la que nos mueve y nos ayuda a atar nudos y aprovechar corrientes para llegar, la que nos hace planear y tomar acciones que influyan en las variables, en esos terceros, para que el desenlace cotidiano sea como esperamos. No es ninguna garantía, pero nos da buena idea del rumbo que queremos tomar. Ha sido este futuro, mi presente vivido en el día a día, lo que me ha llevado hasta dónde estoy hoy, que, aunque aún lejos de mi puerto, ha resultado ser toda una odisea.

Las decisiones que se toman resuenan con más repercusión en nuestras vidas

En toda mi vida son contados los momentos de “antes y después”, esos en los que uno cambia de raíz – más de fondo que de forma – aquellos que logran un click interno y revolucionan nuestra ideología, transforman nuestra percepción de las cosas y reordenan las prioridades de nuestra vida. Uno se va volviendo más sensible a esto mientras más va creciendo, cuando las decisiones que se toman resuenan con más repercusión en nuestras vidas.

Mario Romero junto a Muhammad Yunus

Cuando uno va creciendo, el futuro se torna más angosto, más pequeño, menos flexible. De todos aquellos futuros posibles que existían en el día uno de nuestras vidas, más de la mitad se esfumaron para cuando cumplimos 18 – cayeron en el terreno de la improbabilidad – ya no digamos a los 30’s o 40’s cuando sólo nos quedan pocos caminos que tomar, a los 60 el futuro por fin nos alcanzó.

Hace 11 años yo creía que a los 28 años probablemente estaría casado o en vías de ¿Y por qué no? A esa edad ya tendría un título, 5 años de trabajo y ahorros, habría viajado y conocido suficientes mujeres como para reconocer, en alguna de ellas, a la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida. No pensaba más allá. Apenas entraba al padrón electoral, el cambio climático era un tema de académicos y mi interés en cualquier otra cosa fuera de mi mismo era mínimo. Hoy, a mis 29 años, el presente es otro.

Hoy me preocupa la política de mi país, la fortaleza de mi sociedad; hoy sufrimos el cambio climático como un tema de todos los días, el poder mitigar sus efectos se ha vuelto uno de los principales retos de la humanidad; hoy me interesa mi comunidad y el impacto positivo que puedo – y debo – dejar en ella.

Han pasado tan sólo once años desde que era un púber que decidió posponer su entrada a la universidad, eligiendo tomar un año sabático para “conocerse” y conocer más el mundo, para leer los grandes clásicos y descubrir las vidas secretas de los grandes personajes de la historia.

Fue durante ese año cuando entendí el poder del arte y el discurso para mover masas y cómo una canción podía servir de refugio para las consignas políticas. Aquella época me sirvió para comprender la importancia de tener una cultura tatuada en la piel de la cual pudiéramos estar orgullosos. Fue durante ese tiempo, un momento “en pausa” de mi vida, cuando comprendí que aquel laberinto con el cual Octavio Paz condenaba a toda una nación, debía tener una salida.

Construyendo un nuevo camino

Entrar a la universidad ya no era un paso obligado para poder “vivir bien”, no significaba seguir la norma social, se había convertido en un movimiento estratégico para alcanzar un nuevo futuro, para construir un nuevo camino. Durante 5 años me dedique a estudiar en las aulas y a experimentar fuera de ellas. De esta manera y con la visión de hacer cosas de “importancia” tuve un programa de radio, colaboré en la revista estudiantil, forme parte de sociedades de alumnos, toque en bares a cambio de cervezas, participé en exposiciones colectivas, organicé eventos culturales masivos, me fui de intercambio a Europa… En fin, una y mil cosas que hice y otras mil que no tuve tiempo de hacer.

En la universidad comprendí que todo aquello que se puede medir, se puede mejorar; que lo más cercano a la perfección se llamaba six sigma, que los modelos dinámicos pueden ser utilizados para abordar cualquier problema, que una estrategia bien planeada es indispensable para lograr los objetivos.

A través de los años, entre las clases y las actividades extracurriculares, se fue completando mi estuche de herramientas, aquellas que me servirían para construir los puentes a los futuros que antes no tenía acceso. Así fue como terminé en Georgetown, participando en el primer programa de liderazgo que había diseñado el Latin American Board para jóvenes líderes de Iberoamérica.

No estaba en mi futuro planeado el irme a estudiar fuera del país después de terminar la carrera. Tenía un puesto cómodo como practicante en CEMEX, con una oferta de extensión de contrato sobre la mesa. Tampoco me consideraba un líder, ese es un título que sólo alguien más te puede dar. Sin embargo, como mencioné al principio, el futuro casi nunca es como uno espera sino como debe de suceder. Y terminé siendo seleccionado para el programa.

El Global Competitiveness and Leadership Program

Entre el gran grupo de personas que fueron mis compañeros, que ahora puedo llamar amigos, y la línea académica que siguió el curso, el Global Competitiveness and Leadership Program fue más parecido a una terapia de shock que a un certificado.

Cada clase era una cátedra sobre la situación actual en el mundo y el papel que jugaba nuestra región en él: un caso de estudio que provocaba largas y tendidas discusiones, sesiones de tormentas de ideas que sacaban a relucir nuestra creatividad, que nos retaban a idear soluciones radicales, a entretejer estrategias imposibles pero realizables, conformando al final una radiografía de nuestra sociedad, de nosotros mismos , que nos obligaba a repensar cual era nuestro papel en todo esto y nos alimentaba la imaginación para visualizar nuevos futuros para nuestros países.

Compromiso y visualización

Aunque el bombardeo intensivo de información que recibimos fue la base de todo, el futuro no hubiera sido el mismo si no fuera por toda la inspiración que tomé de mis compañeros, aquellas 26 personas, jóvenes líderes, capaces de transformar el mundo.

El deseo compartido de mejorar nuestros países, de evitar perder ese tren del desarrollo que nos olvida en la estación fue la clave para formar en mí un compromiso y una visualización de un nuevo puerto al que quería llegar. Todos estamos hartos de la pobreza, de la injustica, de la mala educación, de ver desperdiciado el potencial que tienen nuestros países. En Georgetown me harté de estar harto.

Ya no había excusas para no hacer nada, para quedarse con los brazos cruzados o voltear la mirada. Regresé a México con una visión renovada, con la idea de ser partícipe del cambio de mi país, de poder influir en el rumbo que toma, de tomar acción.

Mi futuro

Mi futuro, otra vez, había cambiado. Cinco años después de mi regreso puedo decir que ha sido toda una aventura. Nunca me imagine trabajar en el sector social o estar envuelto en temas políticos – lo que hoy se ha convertido en el pan de cada día – ni contemple la posibilidad de estudiar una maestría (“no más escuela”, pensaba) sin embargo el compromiso que se generó en Georgetown me mantiene trabajando para alcanzar aquellos futuros posibles para México y para mí.

 

Mario Romero en el proyecto "Vestirse para el éxito"

El futuro siempre será incierto, nunca se podrán controlar las variables, aquellos terceros que se inmiscuyen en nuestras vidas para decidir por nosotros, pero ahora sé que puedo influenciarlos, que puedo convencerlos a ir en una misma dirección.

Hoy puedo tomar las acciones que definan mí mañana; por más sencillas que sean – revisar las llantas del carro más seguido, preguntar qué tan frescos son los camarones, no hablar de matrimonio en la primera cita, evitar pasarme un alto, apagar la luz, denunciar la corrupción, preocuparme por los demás – sé que si son congruentes con mis ideales, con el compromiso de dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontré, me llevarán hasta dónde quiero (o debo) ir. El futuro llegará mañana y yo estaré preparado para lo que traiga.

Mario Romero

 

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