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Testimonio de Mario Romero – GCL 2007

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Mario Romero, México 2007

Por: Mario Romero Cantú

Durante la vida, las decisiones que tomamos, las personas que conocemos y los momentos que vivimos, son los ingredientes que dan la esencia para ser lo que somos. Siempre he creído que cada uno de nosotros somos la suma de todas aquellas otras personas que se cruzan en nuestro camino, sin importar que sean grandes personalidades, líderes globales o personas comunes y corrientes; nuestras ideas son la mezcla de todas las ideas que ellas han compartido con nosotros, provenientes de las conversaciones que hemos tenido, dejando siempre algo: una palabra, un gesto, una frase que mantendremos en nosotros y probablemente hagamos nuestra.

El escritor mexicano Carlos Fuentes describe todo lo anterior en la siguiente frase “la única contaminación positiva es la contaminación cultural, porque representa la disposición de crear lazos de unión entre diferentes idiosincrasias que confluyen en una nación”. Esta frase es cierta hoy más que nunca y los participantes del Programa de Liderazgo para la Competitividad Global (PLCG, que puede no ser el nombre actual pero, de todas las variantes que han existido, es el que más me agrada) somos vivo ejemplo de ello. El mundo es la nación de todos y, particularmente podríamos decir que la nuestra es América Latina – me tendrán que perdonar los Ibéricos si se sienten excluidos en esta ocasión.

Con la globalización las distancias se han hecho más cortas, la información corre libremente y las comunicaciones se han vuelto un activo fijo de nuestras vidas – no me imagino más de dos días sin Internet, sin teléfonos celulares o sin televisión de paga. Esto ha ayudado al desarrollo de los países, sin importar si son de izquierda o de derecha, si están arriba o si están abajo, si son jóvenes o viejos; así como han fortalecido los lazos entre los mismos, como por ejemplo la relación India-USA.

Pero no sólo se trata de tener las herramientas o las políticas adecuadas que exploten las ventajas que tiene el mundo actual – México es un buen ejemplo – siempre se necesitarán de líderes que acepten el reto de participar en el diseño y la construcción de un futuro mejor.
En retrospectiva, nunca me he visto a mi mismo como líder, creo que ese no es un título que uno se puede auto-imponer. Pero creo que uno sí puede decidir si es espectador o actor de los sucesos cotidianos de la comunidad, la ciudad, el país o el propio mundo. Ésta fue la lección más importante que pude haber aprendido en GU y desde el regreso a México he intentado constantemente ponerla en práctica. Aunque otra gran parte del conocimiento adquirido tuvo como escenario aulas y salones de clase, el valor agregado lo tiene aquel conocimiento informal, obtenido en alguna plática de café Starbucks, en algún bar de esquina con una jarra de cerveza como testigo, en una comida en la cafetería donde el ruido de la multitud obligaba a prestar mucha atención a lo que la persona sentada al lado te decía o una simple conversación de sofá en alguno de los departamentos del edificio de Oakwood mientras en la televisión se mostraba alguna de las versiones poco populares de la serie CSI.

A mi regreso me vi involucrado, junto con el resto de los mexicanos que participaron en el programa, en el emprendimiento de otra aventura: echar a andar un ONG llamada Paz es…, encargada de promover la paz y las acciones positivas. Lo que viví en Paz es… fue una experiencia, un poco onírica, un poco realista, que nos mantuvo muy cerca de aquella responsabilidad con la que uno se gradúa del programa. Desde iniciativas sociales y académicas, hasta relaciones con políticos y empresarios, Paz es… fue un gran laboratorio donde probar gran parte de lo aprendido en Georgetown. Y si a eso le sumamos la posibilidad de conocer a varios premios Nobel – entre los que estaba Muhammad Yunus, de quien escuchamos una conferencia en GU –, el organizar una marcha a favor de la seguridad como parte de un esfuerzo nacional y el poder reunir a líderes de los tres sectores en una cena con Antanas Mockus, ex alcalde mayor de Bogotá, el resultado es un compromiso aún mayor del que nos graduamos del programa.

Ahora trabajo en el sector privado, llevando a cabo iniciativas de responsabilidad social que, a pesar de no posicionarme en la línea de fuego, me mantienen en el campo de batalla. Este cambio no se dio por casualidad, sino que vivir la crisis dentro de una empresa me llamó mucho la atención, para conocer de primera persona como es que las empresas – tanto los directivos como su gente – viven y enfrentan una situación financiera de impacto mundial como la actual. Y hasta el momento va bien. La siguiente crisis no me agarrará desprevenido, y espero que a la empresa tampoco.

Mi experiencia en estos dos últimos años ha sido muy agradable y mi memoria ha estado muy activa. Me acuerdo poco de los profesores – sobre todo si no salen en CNN en español – pero no pasa un día en los que no me acuerde de mis compañeros de clase. Ya sea por mi asistente personal – Facebook – o por una noticia de alguno de los 9 países de los que proveníamos los alumnos de la primera generación del programa. Hasta he tenido la oportunidad de reencontrarme con varios de mis amigos del programa, en lugares tan remotos para mí como Nueva York, Lima o Guayaquil; otros tan cercanos como Ciudad de México o el mismo Monterrey, N.L.

Muy claro está que la apuesta del programa no la carga el Latin American Board, la llevamos nosotros. Y de la misma manera en que siento orgullo de ser parte de esta iniciativa y de seguir haciendo lo que he venido haciendo desde que me gradué, también lo siento por lo que mis compañeros han logrado en estos dos años.

Podría hablar de las ideas de Mounier o Ricoeur sobre las cuales podría fundamentar los beneficios de esfuerzos como el Programa de Liderazgo para la Competitividad Global, pero creo que nosotros no estamos aquí esperando que nuestra vida y nuestras acciones se basen en antiguos libros o teorías empolvadas, sino para demostrar en vivo ejemplo cómo nuestro futuro puede reinventarse, siempre y cuando existan personas que se atrevan a hacerlo. Por esto, se me hincha el pecho al recordar que yo compartí el aula con personas atrevidas, que sueñan despiertas, que no tiran la toalla; personas para las cuales las quimeras imposibles de otros son su rutina.

Si hoy me preguntaran por el futuro de nuestra región, una sola palabra me bastaría: Brillante. Porque hoy sé que llevo en mis bolsillos algo de cada uno de mis compañeros, ya sea su voz, su amistad o su apoyo y de la misma manera ellos cargan algo mío. No sólo es un pensamiento, es un compromiso; una promesa que nos hicimos y todos creímos: confiar en nosotros mismos. Y gracias a esto, a pesar de que hoy vivamos un ocaso en nuestros países, los esfuerzos que hoy llevamos a cabo los ex alumnos del PLCG darán frutos para ver un nuevo amanecer en América Latina.

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